24/9/10
7/9/10
FIRST GAY MARRIAGE IN ECUADOR

PRIMER MATRIMONIO GAY EN ECUADOR


1. Porque creen que consagrar al MATRIMONIO como una opción exclusiva de HETEROSEXUALES y relegar a los GAYS a la UNION DE HECHO es instaurar un APARTHEID en el que hay ciudadanos de primera categoría y ciudadanos de segunda. Es enfatizar una visión reduccionista y mercantil de lo que es una familia diversa.

2. Porque celebran que la misma ley discriminadora que le ha negado a HATELEY su derecho a cambiar el sexo en sus documentos es la que hoy no tiene más remedio que concederle el derecho a casarse con un hombre.

3. Porque al amparo del matrimonio, quieren superar las trabas que usualmente enfrenta una pareja de distintas nacionalidades en cuanto a problemas de residencia, así como beneficiarse de la protección a su "familia diversa": Hugo es papá de una niña de cuatro años y planea, en el futuro, procrear al menos otro hijo con Joey.

4. Porque quieren recordarle a la sociedad que no sólo existen hombres y mujeres sino que también existen las personas trans. Por lo tanto, afirman, la ley debe evolucionar y empezar a reconocer a todas las identidades y cuerpos distintos.
30/8/10
Estrategias contra la tutela patriarcal
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27/8/10
Interculturalidad trans
ELIZABETH VÁSQUEZ Columnista

Alguna vez me preguntaron si a una de las chicas con las que trabajo “se le nota que es hombre”. Mi reacción política fue instantánea: “Varón genético sí es, pero en género es mujer”.
“Sí, sí, pero, ¿se le nota?”. Me gustó la confianza y quise responder. Entonces me di cuenta que me costaba identificar lo que mi interlocutora me pedía “notar”. Para hacerlo, tenía que ponerme en un lugar que dejé hace años –una mirada que ya no es mía– y que obedece a un registro mental de dos géneros claramente definidos. Desde ahí, identificamos rápidamente una serie de códigos -estatura, rasgos faciales, voz, cuerpo– y si uno o varios discrepan del canon predeterminado que estábamos aplicando, enseguida detectamos “la diferencia”. En el caso de lo trans, el canon de feminidad y masculinidad que usamos tiene discernimientos simultáneos de género y clase: “falda... tacos.... mujer... cuerpazo... pero... vulgar... chillona... focota... manos toscas... parada a estas horas en este sitio... ¡es hombre!”.La experiencia intercultural modifica los registros, borrando su nitidez y diversificándolos. En el diálogo entre trans y no trans, incorporamos a nuestros registros de lo masculino y lo femenino otros cuerpos, otras voces, otras estéticas, otras estaturas, otros lugares y otros tiempos. Al registrar que (también) existen mujeres de voz grave, manos grandes, cuerpos siliconeados, y pasos nocturnos, ya no te es tan fácil saber si a alguien “se le nota” porque tú te has transformado.
La Asamblea Constituyente está discutiendo la creación de un Consejo de Diversidades o un Consejo de Interculturalidad, encargado(s) de establecer políticas de diálogo inter-identitario. Si bien la transformación es algo que el Estado no puede forzar porque se produce desde las profundidades de la propia identidad –desde “la inquietud de la incompletud”, como diría Boaventura de Souza- el Estado sí tiene la obligación de propiciar que quienes hoy coexistimos segregados, empecemos a notarnos. No faltará quien se rasgue las vestiduras con la posibilidad de que existan políticas destinadas a “destapar la diversidad sexual y exponerla”. Con suerte, las políticas interculturales harán a esas personas reparar en que la cuidadosa separación que supuestamente nos protege de los “destapes” sólo es posible a costa de la más violenta y sistemática privación de todos los derechos de otros seres humanos: para no ver a la chica trans; para que no camine por tu calle, ni sea compañera de tu hij@ en el colegio, ni vecina de tu barrio, ella tiene que estar sistemáticamente privada de sus derechos a la expresión, a la educación, al inquilinato. Por supuesto, con o sin interculturalidad de por medio, el Estado tiene la obligación de poner fin a la violación de derechos. Pero las políticas interculturales al volver sobre nuestros registros cumplen esta otra importante función de tender puentes cruciales; iniciar diálogos sociales, a partir de “notarnos”. La transformación vendrá después, cuando hayamos convivido lo suficiente.
“Sí, sí, pero, ¿se le nota?”. Me gustó la confianza y quise responder. Entonces me di cuenta que me costaba identificar lo que mi interlocutora me pedía “notar”. Para hacerlo, tenía que ponerme en un lugar que dejé hace años –una mirada que ya no es mía– y que obedece a un registro mental de dos géneros claramente definidos. Desde ahí, identificamos rápidamente una serie de códigos -estatura, rasgos faciales, voz, cuerpo– y si uno o varios discrepan del canon predeterminado que estábamos aplicando, enseguida detectamos “la diferencia”. En el caso de lo trans, el canon de feminidad y masculinidad que usamos tiene discernimientos simultáneos de género y clase: “falda... tacos.... mujer... cuerpazo... pero... vulgar... chillona... focota... manos toscas... parada a estas horas en este sitio... ¡es hombre!”.La experiencia intercultural modifica los registros, borrando su nitidez y diversificándolos. En el diálogo entre trans y no trans, incorporamos a nuestros registros de lo masculino y lo femenino otros cuerpos, otras voces, otras estéticas, otras estaturas, otros lugares y otros tiempos. Al registrar que (también) existen mujeres de voz grave, manos grandes, cuerpos siliconeados, y pasos nocturnos, ya no te es tan fácil saber si a alguien “se le nota” porque tú te has transformado.
26/8/10
Aliad@s contra la tutela patriarcal







